lunes, 12 de octubre de 2009

La sensación es distinta


Por Felipe Sasso V.

Atrapado en mi uniforme de quinto básico, tuve la suerte de presenciar cómo el equipo chileno lograba su tan gloriosa clasificación al Mundial de Francia 1998. En una soleada tarde de noviembre todo Chile saltó con los goles de Barrera, Salas y el sanfernandino Juan “Candonga” Carreño; tres goles que le permitían a nuestra selección jugar el séptimo Mundial de su historia

En medio de tanta celebración, un anciano periodista, pelado y de lento hablar, apaciguó los festejos con una interrogante que siempre recordaré: “Ya, está bien, clasificamos al Mundial. Sin embargo, yo me pregunto ¿a qué vamos a ir al Mundial?”Dijo. Los locutores de noticias que acompañaban esa noche al gran Julio Martínez, ni siquiera tuvieron tiempo (ni ganas) de reaccionar a esa pregunta, ni muchos menos intentar una respuesta.

Es que a pesar de la tan emocionante clasificación y de aquel glorioso plantel, existía una suerte de inquietante duda respecto a la suerte que Chile iba a tener en aquel torneo. Daba la sensación de que ya todo estaba cumplido, de que no había nada más por lograr, de que la clasificación a Francia era el cierre para un proceso largo y exitoso y de que, sin importar la campaña en tierras galas, aquel plantel ya había alcanzado la cima.

Sin embargo, precedidos de un histórico triunfo ante Inglaterra, en el mismísimo estadio Wembley, el equipo encabezado por la dupla Salas-Zamorano logró clasificar a la segunda ronda del Mundial. Lamentablemente, el conformismo evidenciado tras la clasificación, volvió a aparecer por París, cuando a menos de 24 horas del crucial partido frente a Brasil (vigentes campeones) los futbolistas chilenos decidieron irse de compras por los más glamorosos y exclusivos centros comerciales de la ciudad del amor. El problema surgió porque mientras Acosta y compañía turisteaban por la capital francesa, sus próximos rivales, los brasileños, entrenaban sin parar en su lugar de concentración. ¿Y cómo fue el desenlace? Al día siguiente del “vitrineo” rojo, el scratch no tuvo compasión con Chile y lo vapuleó por cuatro goles a uno. El baile esa jornada, estuvo a cargo de César Sampaio y un joven Ronaldo.

Al día siguiente, los chilenos no sólo cargaban con los cuatro goles marcados por los brasileños, a modo de consuelo, traían también los recuerdos y regalos comprados en las exclusivas tiendas parisinas.



Sin embargo, doce años después, y luego de visitar el sótano de la clasificatoria sudamericana (estuvimos últimos antes de Corea-Japón 2002) la selección chilena logró clasificar con honores a la octava Copa del Mundo de su historia. De la mano de un plantel joven pero con experiencia, los chilenos pudieron sacar pasajes incluso una fecha antes del término de la clasificatoria. El alza en el juego y en la actitud del equipo coincide con la conducción del rosarino Marcelo Bielsa, quien desde mediados de 2007, está a cargo del equipo más querido por los chilenos.

A diferencia de lo ocurrido tras la clasificación a Francia 1998, hoy existe hambre de triunfos y de trascender aún más en la historia futbolera. Contamos con un plantel rico, con mucha técnica y capacidad, pero por sobre todo, contamos con un cuerpo técnico capaz de sacar lo mejor de cada futbolista.

Ya no somos para nada conformistas, sabemos que este largo proceso no termina acá. Todo lo ocurrido hasta ahora es un anticipo de lo que se viene. Los futbolistas, técnicos, dirigentes y el público en general estamos ansiosos de ver a esta selección en tierras africanas, y estamos optimistas de que nuestro equipo dará que hablar.

El pesimismo y mediocridad experimentados años anteriores, ya son parte del pasado. Hoy la sensación es distinta, no sólo por los puntos o victorias que nos abalan; hoy nos sentimos distintos porque independiente si existan o no centros comerciales y grandes tiendas en Sudáfrica, este equipo saldrá a ganar con la actitud y garra que tanto se le extrañaba.

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